Dicen que cuando ya nunca más puedes disfrutar de una existencia es cuando realmente la comienzas a desear, llegando, incluso, a echar profundamente de menos su presencia. Pues yo lo acabo de vivir con Mariano Rajoy. Y no porque sea un “marianista” sentimentalista  -además de que soy pública y activamente de izquierdas- sino por todo lo que se nos avecina con su sucesor.

Así es, Pablo Casado es el representante de la más rancia derecha y heredero ideológico del indiscutiblemente partido  pro-franquista que precedió a las actuales siglas “PP”, Alianza Popular. Bien podríamos decir que Casado es la reencarnación viva del espíritu de Fraga. Y no lo digo yo, sino que lo manifiestan sus palabras y lo atestiguan sus amistades. Que uno de los mayores defensores de la candidatura de Pablo Casado para optar -ni más ni menos- que a la presidencia del partido y del Gobierno sea José María Aznar dice mucho del que proclaman el “renovador del partido” al grito de “¡Presidente, Presidente!”. Paradojas de la vida. No seamos malos, todos fallos son comprensibles cuando aún no se tiene experiencia. Del mismo modo que no podemos pedir peras al olmo, tampoco podemos pedir a unos “compromisarios” que nunca se habían reunido para llevar a cabo un proceso de Primarias -pues son las primeras en el PP a nivel nacional- que elijan a un nuevo presidente con miras hacia el futuro -que bien puede ser de derechas- y no con sed y añoranza de pasado, como Casado (si hasta riman).

Este proceso de Primarias en el PP fue un cúmulo de errores, la estructura del procedimiento pecaba en su propia esencia, el que primero votasen los afiliados (que de 800.000 resultaron ser unos 80.000) y que luego los llamados “compromisarios” deshiciesen el petate en segundas votaciones, es más propio de unas reglas de un juego de niños que directrices de un comicio interno en un partido político. Los compromisarios son, querido Secretarío/a de Organización del PP, figuras absurdas en pleno Siglo XXI, entes que más que deshacer unas votaciones, las entorpecen. Así pasó lo que pasó. En primera vuelta los afiliados dan la victoria a la candidata, si cabe, más conservadoramente progresista y en segundas votaciones, los vestigios del pasado (incluso mayormente en edad), los compromisarios, irrumpen el proceso y tergiversan la ilusión ganadora de Soraya. Pobre Soraya. Espero que hayas aprendido la lección: “los del PP son muy del PP y mucho PP”, cuanto más hacia la derecha, mejor. Eso sí, si estás muy hacia la izquierda quiere decir que defiendes a asesinos y por las noches te acuestas con “El Capital”, de Karl Marx.

El problema de Casado es que es tan de ultraderechas que no hace ni el amago de disimularlo. Es más, en el discurso que hoy ha recitado -como si se tratase del espíritu de Manuel Fraga- nos ha dejado muchas perlas. La primera es la “ilegalización del aborto y la eutanasia” y la vuelta a la ley de 1985, sí, eso que con tanto esfuerzo, sudor y lágrimas habíamos conseguido y que se puede desvanecer como arena que lleva el viento si esta persona llega al Gobierno. Esta ley que no se atrevió ni a tocarla Mariano, ya la quiere derogar Casado desde su discurso inaugural. Válgame Dios.

Otra perla muy sonada es el deseo de ilegalizar los partidos independentistas “como Batasuna”, sí, porque los independentistas son terroristas que quieren escindir a la España “Una y Grande” y que lejos de representar corrientes ideológicas y de configuración de un Estado -con las que puedes estar de acuerdo o no (yo no soy independentista)-, son el brazo político, según Casado, de los indeseados que quieren romper el legado nacional y unitario que nos regaló el tan amado dictador Franco, por el que “no daría ni un euro” para sacarlo de un monumento hecho para él por esclavos franquistas (sí, esos inhumanos que defendían el republicanismo y la democracia).

En una cosa tienen razón los pro-Franco: si Franco levantase la cabeza fliparía; fliparía de lo bien y saludable que continúa su legado. ¡Viva Franco!, o digo, perdón, ¡Viva Casado!.

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