La “Teoría de la alfombra y el polvo” para comprender el CONFLICTO INDEPENDENTISTA de CATALUNYA

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Estamos viviendo, sin duda, intensas semanas políticas que, en el mejor de los casos, pasarán a la Historia como el mayor conflicto social entre los partidarios de escindir el país y los partidarios de quebrar la democracia. Que no sabemos que es peor. Entendiendo por democracia como lo que es: “el gobierno de la ciudadanía” y ¿qué mejor forma hay de que nosotros gobernemos que votando?; parece paradójico que aquellos que se han erigido como los defensores de la democracia, los del PP, apelen de acto radical a un referéndum que tiene como único objetivo preguntar al conjunto del pueblo catalán si quieren -o no- autodeterminarse, algo que está perfectamente recogido y avalado por el Derecho Internacional (y por nuestra Constitución).

Sea como sea, lo que también está claro, es que esa forma tan estrambótica que tiene el pueblo de Catalunya de autodeterminarse es cuánto menos inútil, excepcional y fraudulenta; la era de los Imperialismos y declaraciones unilaterales de independencia ya quedó en el pasado y lo que ahora toca, en pleno siglo XXI, es hacer política y por tanto llegar a soluciones consensuadas entre el mayor número posible de partes afectadas. Y es, una vez llegados a este razonamiento, cuando entramos en un bucle de sandeces y contradicciones que impiden dirimir un problema que lleva vigente desde incluso antes de la democracia española, el del independentismo catalán; mientras el Gobierno aplica de forma indirecta el artículo 155 a través de los jueces y fiscales para acabar con la autonomía de Catalunya, Rajoy le dice a Puigdemont que está abierto al diálogo siempre y cuando no sea para hablar de referéndums de autodeterminación ni tampoco, en primeras instancias, de modificar la Constitución y crear una España nación de naciones. Y entonces mi pregunta es: ¿De qué quiere hablar Mariano Rajoy con Puigdemont, de que si llueve mucho o no en España? Así es como pretende dirimir el problema el Gobierno del PP; pero parece que esta vez aplicar el “tempus fugit” como medida disuasoria del independentismo no va a dar resultado, los independentistas no se van a cansar, no se van a olvidar, y consecuentemente el independentismo va a seguir vigente como pan nuestro de cada día.

La opinión pública desde hace unas semanas atrás, a medida que la fecha del Fin del Mundo, el 1 de octubre, se va acercando, se ha convertido en una especie de juez y vayas a la esquina que vayas estarán hablando del independentismo catalán. Los domingos dejaron de ser un momento de unión familiar y de descanso para convertirse en auténticas tertulias y rings de batallas en los que todo el mundo parece tener razón pero nadie la clave para solucionar este conflicto. A modo didáctico y esclarecedor me gustaría introducir una teoría a la que llamé “La teoría de la alfombra y el polvo” con la que voy a intentar que todo el mundo entienda el génesis del conflicto catalán y como su solución va mucho más allá que negar la democracia de votar al pueblo catalán y  la imposición de la nacionalidad española a un subconjunto que, legítimamente, no la siente.

La teoría que postulé versa así:

Para poder llegar a entender la problemática actual de España hace falta, simplemente, introducir en nuestra mente tres elementos: una persona, una alfombra y un poco de polvo. Imaginemos que en una esquina de la casa en donde una persona vive (que simbólicamente será el Estado de España), cada mañana aparece un conjunto de polvo (que simbolizará el conflicto independentista catalán) que, sin saber de donde procede, hace parecer que la persona es una despejada de la limpieza. Sea como sea, dentro de muy poco, tres amigos vendrán a esta casa para pasar unas vacaciones: Pablo, Albert y Rajoy. La persona, que ejemplifica al Estado, intentado buscar una solución al conflicto, se deja guiar por medidas cortoplacistas y decide que cada mañana se levantará antes que ninguno de sus amigos y rápidamente arrastrará todo el polvo acumulado en la esquina de la casa bajo una alfombra que pondrá estratégicamente situada muy cerca de esa esquina. Así, cuando los tres amigos se levanten no verán el polvo acumulado y no dudarán, por ende, de la pulcritud de la persona de la casa. Los días pasan y la solución parece dar resultado. Hasta que un día, tanta acumulación de polvo bajo la alfombra, hará que, irremediablemente, se note que bajo ella hay algo que induce a sospecha. Un amigo le preguntará a la persona qué esconde bajo esa alfombra y no tendrá más remedio que contarle el conflicto al que intenta hacer frente. Los tres amigos, dispuestos a ayudarla, buscarán soluciones muy adversas entre sí. Rajoy, como buen de derechas que es, no profundizará en la causa, e identificará el problema en la alfombra, que es muy pequeña y no permite esconder todo el polvo a la perfección. Rivera, como buen de centro, no se querrá mojar y dirá que la mejor solución es vender la casa y comprar una nueva que no tenga este problema. Finalmente, Pablo, como buena persona de izquierdas, dirá que lo mejor es buscar la causa de la acumulación matutina de polvo sin cerrar la posibilidad a ningún remedio y por tanto postulando que lo mejor es indagar en el problema y buscar medidas que aseguren su solución a largo plazo.

Con esta parábola lo que intento ejemplificar es que el problema independentista (el polvo) requiere de una solución profunda, requiere de la busqueda del porqué del independentismo, para que su solución dure a largo plazo. Lo que intentan los del PP es tapar el problema, poniendo una alfombra por encima del polvo, amenazando a la democracia, obstaculizando, por tanto, la misma solución del problema e incluso creando otro a mayores: la acumulación de más y más polvo bajo la alfombra, es decir, la creación de más y más independentistas.

Llegamos a lo que en ciencia se conoce como “punto de no retorno” y por consecuencia la imposibilidad de avanzar en la búsqueda de la solución hasta que no entendamos que el origen del problema es el propio Gobierno del PP que impide, con su estrechez mental, cualquier forma de diálogo y búsqueda de una solución.

Esto no se va acabar el 1 de octubre, ni el dos, ni el tres ni tampoco dentro de 10 años. Si no buscamos soluciones reales, con solo soluciones pragmáticas no vamos a dilucidar el problema.

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